viernes, 10 de septiembre de 2010

Desierto florecido

A pesar de la fatiga, a pesar (y gracias a) de todas las pruebas, nuestra alma se goza y se recrea en el don inefable e irrepresentable. Es verdad que aludimos a la realidad del desierto y que nuestros pasos nos llevan por su inmensidad... Pero el símbolo siempre es trascendido por el tesoro descubierto que aparece o se manifiesta aquí o allá y que supera cada una de las alusiones, significaciones o sospechas que nos visitan o nos acompañan.

"Nada" y "Todo"... Y siempre "más allá"... Cada signo de belleza nos eleva por encima suyo y nos abre una inmensidad nueva. ¿Hay algo que nos detenga en el Misterio insondable de la "participación" de lo divino?

Una vez más elevamos nuestra oración en la Presencia sin contornos. La misma que se nos abre en la Santa Faz del Salvador. ¿Cómo alabar esos ojos que penetran y están en nuestras "entrañas" y nunca se apartan de nuestra intimidad más profunda?

¡Presencia de Dios, bendita seas! ¡Nacer del Verbo...!



Alberto E. Justo