domingo, 30 de agosto de 2009

El escondite del silencio

Hoy sabemos, por la experiencia de cada día, que nuestros tiempos parecen haber desterrado el silencio. Los ruidos se multiplican de mil maneras, pocos pueden resistir algunos minutos sin decir "esta boca es mía", sonidos, alarmas, llamadas, operaciones de todo tipo, aparatos y equipos que producen de todo... ¿Entonces? ¿Es imposible vivir el silencio en estas horas nuestras, donde por gracia de Dios nos hallamos?
Si contemplamos la realidad con cuidado comprobaremos algo muy importante: el sonido es efímero, externo, y afecta sólo la superficie... El "centro" de las cosas y de la vida, lo profundo, es enteramente silencioso. Es urgente mirar hacia adentro... Es urgente detenerse MÁS ALLÁ. Es posible observar una planta admirando su vida, su principio, su sentido. Cuando algún estrépito nos mortifica es preciso despertar la PIEDAD en el corazón, que nos permite juzgar las cosas no como molestas o agradables, sino según un sentido superior: quizá el papel que juegan en la historia de la tragedia humana.
Los pasos de la historia son silenciosos. Su sentido no grita. Quizá clama, precisamente en silencio, con una plegaria ignorada, la propia de los peregrinos que tienden a un fin más alto e insospechado. Por ello enmudece. Sí, enmudece por un asombro que detiene el andar apresurado y carente de paz... Es posible, y muy posible, dejar que la consideración de estas cosas ascienda a la superficie. Pero sólo puede lograrse por medio de un respeto renovado y con la delicadeza propia del alma que abre los ojos al misterio del ser...

Alberto E. Justo

sábado, 29 de agosto de 2009

¿Estamos realmente solos?

Se ha dicho, con toda razón, que nadie está menos solo que el solitario que abre su corazón a Dios. Esto es verdad. Pero me atrevo a añadir que ciertas experiencias, cuando se padece la soledad y el abandono de la "noche oscura", invitan -aunque parezca una paradoja- a prestar entera fe y confianza a la Presencia inefable... No, no vamos solos. Nuestro camino es, siempre, camino de Dios. Y en esos momentos de prueba, cuando nos damos cuenta de la impotencia, cuando nos envuelve no sé qué indignación ante el mal inevitable, nos hallamos, de golpe, en la oración del Huerto, sin otra explicación. La fatiga nos ahoga, el camino parece no acabar, las vueltas y vueltas se hacen más dolorosas por lo imprevistas... Todo esto es así, pero cada vez la soledad disminuye para llenarse toda de Dios.
De nuevo... "No temas". Las peores intrigas de este mundo (de cualquier mundo, aunque tenga no sé cuál "prestigio"), no son, no existen. Sabemos que en nuestros días abunda el resentimiento y la envidia, cuanto falta la misericordia y se echa de menos la compasión. Y esto en los ambientes donde la magnanimidad y la pureza debieran brillar hasta en los gestos más pequeños. No ha de importar constatación tan dolorosa, sino animarnos a confiar , cada vez más, en la Presencia inefable de Dios.

Alberto E. Justo

Las puertas de la soledad

"Si te vas hacia la "soledad", aun dejando tus equipajes, todos conocerán tu partida e irán a despedirte. Algunos sabrán apreciar tu vocación y se encomendarán a tus plegarias. Otros la menospreciarán y fingirán, en el mejor de los casos, una comprensiva sonrisa. Y, desde luego, cuantos te conozcan o te sospechen podrán señalarte, decirse y decir: "He ahí a un ermitaño,a un monje, a un solitario..." Te darán puntaje, algunos diez, otros cinco, otros nada. En suma, se te llamará o reconocerá por una actitud exterior a tu persona y no por tu nombre verdadero.
"Pero si el Señor te llama a esa otra soledad escondida, en el desierto donde ya te encuentras, a desearlo ¡tanto! en la noche oscura, a vivir con Él y en Él...; entonces nadie te dirá solitario, porque nadie te verá realmente como eres, oculto y escondido donde Él te lleva, pero serás más monje que los monjes y más filósofo que los filósofos."
(Alberto E. Justo "El Desierto es la ciudad" Meditaciones. ECUAM. Buenos Aires 1992. Pág. 23)

Sigue, ahora: no temas...

A pesar de lo que fuere... Nada es como el Don de Dios. Cuando invitamos al reposo y a la paz es, sin duda, porque esa es la perspectiva y ese el ámbito de quien se abandona en el Señor.
Ahora bien, es necesario "correr el riesgo", es decir: arrojarse sin dejar mucho lugar a las dudas y a las vacilaciones. De estos titubeos habrá siempre, pero una cuota más alta de coraje acabará siempre por llevarnos más adelante.
El Señor nos invita a la confianza. Es cierto que la necedad y la imprudencia aparecen por todos lados. Hoy es posible, y muy posible, sufrir sorpresas y desconsideraciones en el lenguaje y en los hechos. Pero es necesario renunciar a darles alguna importancia. No, no dependemos del variable carácter de los "otros". Tampoco de los antojos pasajeros. Cuando recibimos noticia de todo ello será bueno apartar la atención de lo que no cuenta.
Nuestra atención no precisa "refuerzos" de ningún tipo. Me refiero a que no tenemos necesidad ni apuro de enlazar o de asgurarnos de nada y mucho menos de nadie. Ni "esclavos" ni "esclavistas". La amistad verdadera es "desinteresada". Donde hay interés o utilitarismo, donde se pretende "sacar provecho" de personas y de cosas: todo se derrumba. El Señor nos da su Paz.

Alberto E. Justo

viernes, 28 de agosto de 2009

Con Dios todo es distinto

He aquí otro texto de Dom Porion: "La Santísiam Virgen es comparada con la aurora en el 'Cantar de los Cantares' porque es el principio de una nueva creación:'¿Quién es esa que surge como la aurora?' (Ct.6,10). Con su concepción inmaculada, la historia del hombre recomienza y todo es claro de nuevo: ella es una materia intecta, perfectamente pura y dócil, de la que será hecho el Nuevo Adán y también nosotros con Él si queremos dejarnos recrear. Porque la santísima Virgen no espera sino nuestra buena voluntad y, por fin, el gesto sin reservas de un abandono verdaderamente filial para lavarnos en su inocencia. A nosotros nos toca entregarnos a su mirada, de la que se dice, también en el Cantar, que es semejante a un lago -'Tus ojos son como las piscinas de Hesbón' (Ct. 7,5)-, a un agua perfectamente límpida en la que somos desprendidos y librados de nosotros mismos para ser inundados de la vida divina.
"En el régimen de la gracia -de esta gracia de la que María está llena y que dispensa a merced de su amor maternal- la recompensa se da antes del mérito, la riqueza y la felicidad se prodigan antes de la prueba. Éstos son los procedimientos propiamente divinos. Los hombres son incapaces de esta liberalidad porque ellos no son fuentes de bien, sino depositarios temerosos y pusilánimes. Tanto en la educación de nuestros hijos como en nuestro comercio y en nuestra justicia, nosotros en primer lugar ponemos las condiciones y las amenazas de sanciones; no acordamos el precio más que después de haber obtenido la tarea, a cambio de servicios o garantías.
"Pero con Dios todo es distinto. Desde el momento que el pecador apela a Dios, recibe justamente lo que no tiene precio: la herencia de la Sangre divina y la dignidad de hijo. Su corazón es liberado por la victoria de Cristo, es colmado de este triunfo puro, y después, una vez armado ya de nobleza y alegría, es cuando se le invita a combatir, cuando ha de aportar su trabajo y su fatiga en la medida de sus fuerzas. Tal es el gobierno del Reino de Dios, la prudencia de la santísima Virgen, la economía de la 'Casa de Oro.'
"Los caminos de Dios son distintos de los nuestros, hasta el punto que muchas veces no los comprendemos. No nos atrevemos a creer en esta dignidad, en esta libertad que se nos ofrece; casi llegamos a no fiarnos de la generosidad de Dios. Ignoramos sus dones esenciales desde el momento en que abusamos de bienes inferiores. Y la falta de fe y de confianza nos paraliza. No hallamos fuerzas para seguir el sendero desviado por el que pretendemos caminar, porque la timidez y la angustia sofocan lo mejor que hay en el hombre.
"Abramos, pues, nuestros ojos y nuestro corazón en una perfecta soledad con Dios; recojámonos y tomemos conciencia de lo que Él nos da, de lo que Él es para nosotros. Nuestra fortaleza y nuestra paciencia tan solo pueden ser sólidas si una y otra proceden de una profunda felicidad.
"A veces parece que tememos reconocer la santidad, como si se tratara de unos bienes materiales de los que uno se ve privado si otro los posee. Pero éste es un sentimiento que se apoya en una ignorancia completa de esta realidad. Lo que se da a los santos y, en primer lugar, a María, se nos da también a cada uno de nosotros. Esto es necesariamente así cuando se trata de bienes espirituales, puesto que la fuente de donde proceden es infinita e inmediata y su esencia es la caridad: quienes los reciben no lo hacen más que no reteniendo nada, más que transmitiéndolos sin reserva alguna.
"Embriaguémonos de los privilegios de María, cuya plenitud Ella nos ofrece..." (Un Cartujo "Felices los que creen" Monte Carmelo.Burgos 2009. Pp:33-35)

jueves, 27 de agosto de 2009

¿Dónde estás ahora?

Esta pregunta, queridos amigos, tiene una magnífica respuesta: -estamos donde reposa nuestro corazón... Quizá teme el hombre hallarse ¡tantas veces! donde no quiere... Y, sin embargo, esto es imposible porque... "más está el alma donde ama que donde anima". Y esto, desde Platón, lo han enseñado todos los grandes maestros espirituales.
Estás allí donde quieres y tu corazón elige, allí mismo, donde amas, donde está tu reposo y tu predilección, aunque los senderos exteriores de este mundo sean harto ásperos y los ideólogos y los maestrillos cercanos y lejanos pretendan otra cosa. Nadie te quitará esa LIBERTAD de tu alma... Aunque presionen unos y otros y te quieran calificar al antojo de la moda, o del miedo, o de la necedad, tan frecuente. Permanece firme donde están los verdaderos bienes y no te dejes arrastrar por las estructuras, que siempre se procuran justificativos del corte que sean. Estás donde se halla tu corazón y donde tu alma desea. Desea estar en lo alto, "sobre toda temporal creatura levantada", como decía San Juan de la Cruz, y llegarás en un instante al punto maravilloso que descubre la virginidad de tu alma. Habita la parte escondida del mundo, que es el camino del Cielo.

Alberto E. Justo