martes, 18 de junio de 2013

alégrate en tu secreto

Atiende...
Inclínate sin temor a la voz profunda...
¿De dónde viene, de dónde procede?
¿Es sólo silencio?
¡Voz que es silencio, silencio que es voz!

         Deseo atender para ser seducido...
Pero esa voz ¿es nada más que deseo mío?
¿Qué es el “deseo” que no se expresa?
         No encuentro palabra ni canto
en el oscuro subsuelo que imagino.

         Es hora de pasar más allá...
En el “aquí” sombrío ya no se ven estrellas.
Sólo el Cielo encapotado desvela la tempestad.

         ¿Aguardar?
         Nada. Todo llega, todo ha llegado...
         ¿Cuándo?
         Siempre...
         Y nada más.

         Sigo... Confiando en lo que no veo,
sigo sabiendo que todo ya está.

         Alberto E. Justo






lunes, 17 de junio de 2013

en la senda más alta del espíritu

Grande es el temor que al fracaso o a la adversidad nos asalta... Y grande ha de ser nuestra compasión y nuestro dolor cuando la contrariedad parece triunfar en la vida o cuando los hermanos sufren y padecen en las mil “derrotas” de este mundo.
¿Hay otras maneras de expresarlo? Desde luego. Lo que nos interesa es la transparencia y la sinceridad en las pruebas. La “severidad” de ciertas horas es innegable...
Pero podemos proponer una meditación que nos invite a una “elevación”, más allá y más a lo alto de tantas situaciones “intolerables.”
Porque en el orden del “espíritu” no existe la contrariedad. El Señor nunca nos niega su Presencia y ante Él no hemos de fingir nunca y estar prontos a confiar siempre.
Lo que no se logra en este mundo (por decirlo así) se encuentra en el Misterio de Cristo-Jesús participado por gracia en nosotros. Y es tal y tan inmenso el don de Dios que todos podemos hallar ese “espacio”, ese “lugar” que Él ya nos prepara y dispone... Y no falla, desde luego.
Es posible que no logremos un mínimo aceptable en los ambientes que habitamos y en esa historia de todos los días, que no juzgamos con benevolencia, precisamente cuando creemos tropezar y caer en mil circunstancias...
Pero es seguro que el Señor ase y levanta nuestro corazón habitándolo y aún dándonos el Suyo como nuestro. Esta inefable “comunicación” ha de ser asumida y aceptada, en silencio y en confianza.
Aquél que vino a los suyos y éstos no lo recibieron jamás nos rechazará ni nos negará su amor infinito.

Alberto E. Justo



domingo, 16 de junio de 2013

sin ser notados

Cuando faltan argumentos es que... ¡hay demasiados! La abundancia excesiva de “cosas” y de “cuestiones” acaba por trabar los caminos y dejarnos inmóviles. Arte valiosa es ahondar la mejor senda y hallar en sus grados lo que no se encuentra en la multiplicidad o en la confusión.
Otro tanto ocurre con lo que llamamos “actividad”, esa obsesión por hacer esto o aquello, que termina por dejar todo postrado y sin los resultados apetecidos.
En suma, no es bueno dispersarse y tener por fecundo lo que nunca acontece. ¡Cuántas veces nos lamentamos por no alcanzar esos objetivos o aquellos otros resultados! ¡Y cuánto nos equivocamos cuando generamos una “preocupación” tras otra para darnos la sensación de que... “hacemos algo”, de que estamos... al día y a la hora!
Deja que aquél vehículo se vaya, no lo corras... Esfuérzate por aprender la quietud y alégrate si has de “aguardar” un poco más. Esos espacios son riquísimos para meditar, para orar, para caminar, para vivir.
El “culto” de la “oportunidad” no es “absoluto”. Hay oportunidades, muchas desde luego, pero podemos con fruto dejar algunas.
En el fondo está el diablillo de la “competencia” que tanto molesta a veces, empujando sin ton ni son para que nos tengamos por “mejores”.
La superficie esconde siempre la hondura. Es urgente romper caparazones y penetrar más adentro ¡aunque no nos vea nadie! Y esto es lo mejor: andar sin ser notado. Sin presunción alguna, en silencio.

Alberto E. Justo


viernes, 14 de junio de 2013

¿Sabemos que el Espíritu ora en nosotros?

Aunque nada sientas ni percibas: ten siempre esta máxima: “Si sabes lo que sabes es porque ya estás.”
¿Qué es “saber”? Aquí digo esto: “conocer desde dentro”. Y ¿qué es “conocer desde dentro”?
Cuando conoces en verdad lo que “no se siente” ni puede “sentirse” en modo alguno. Cuando has pasado “más allá” (o más aquí) de los sentidos o de cualquier información (o lo que sea).
Cuando el espíritu “concibe” lo que no se aferra, cuando una indescriptible armonía “acuerda” y unifica acontecimientos del pasado y del presente (por decirlo así): tu vida.
Cuando no puedes no estar dentro del misterio que te excede. Cuando sabes que tu espíritu es todo él en Dios... Has sido “transportado”... ¿Qué es esto?
Con los últimos pasos se derrumbaron los escalones y los puentes que juzgábamos indefectiblemente tendidos. Nada ya de eso. Llega la hora   esencial.
Has visto... Dios no está lejos. Él es infinitamente más que cualquier nombre. No hay modo. Es en esa intimidad, de la que no puedes hablar, donde lo hallas y te halla.
Cuando hallas, el Señor te encuentra y viene cada vez de un modo nuevo, inefable, indefinible.
El alma, en su cima, se abre sin horizontes que la limiten. Descúbrese el corazón en su mismo centro, que es Dios. No, no busques fuera o lejos. Aquí, aquí mismo es. Y nada se repite. Jamás podrás hacer doctrina o diccionario de lo que se renueva en plenitud a cada instante.
No esperabas que el Señor llamara así a tu puerta... Precisamente a esa puerta, la menos “sospechada”, por donde menos podía aguardarse... lo mayor.
Mira como se custodian secretos y melodías en tu corazón, que hacen ahora de cortejo admirable... Los telones caen, los tendales se derrumban. No están las vallas que limitaban y multiplicaban distancias ausentes.
¿Orar en verdad? El Espíritu ora en nosotros. Deja que el Espíritu ore. El secreto está allí...

Alberto E. Justo



la adversidad señala que se nos aguarda "más allá"

Pasan las horas y las preguntas se suceden... Pero ¿para qué preguntar? ¿No sabemos acaso cuál es la primera y definitiva respuesta?
No es este presente descompuesto el fin de nuestra vida. El Fin es Dios y Dios es la Realidad...
Percibimos con claridad rumores e intentos indeseables cuyos ecos se filtran a través de espacios y distancias... ¿Qué peso, qué consecuencia tiene todo eso que “apenas” es?
El peregrino debe armarse cada día de valor en su propio “santuario”, en su corazón. No ha sido llamado a “triunfar” en los acontecimientos pasajeros de este mundo y sí a seguir al Salvador en su aparente fracaso.
La comprobación acerca del escaso éxito de su labor no ha de turbarlo ni detener sus pasos.
La paz y la quietud no consisten en dejar de luchar. Al contrario, se trata de “luchar abandonado”, abandonado con confianza, sin angustia por ningún resultado.
La “lucha” es ante todo espiritual y por ello la descubrimos desconcertante, fuera de las expectativas habituales y, a veces, bastante lejos de ellas.
El enemigo ataca sin pausa. Su pretensión es derribar o, por lo menos, entorpecer y frustrar. Imprimir en las víctimas la sensación de inutilidad y de derrota.
Pero no le pertenece “nuestra” derrota. La victoria es siempre más alta y es de Dios. Nuestra aparente (insisto en esto de “aparente”) derrota se TRANSFIGURA en un triunfo trascendente que se da más allá...
¡Cuántos rostros, cuántas figuras se multiplican al paso de las horas y nos conducen, de un modo o de otro, más allá!

Alberto E. Justo


jueves, 13 de junio de 2013

¿Hay alguna "protección" que no venga de Dios?

Y, sin embargo, sufrimos por lo que vemos y por lo que oímos... ¿Por qué? Sin duda porque aguardábamos otra cosa, otras respuestas de los que están más cerca... De lejos es poco lo que llega en realidad. Lo que  hiere es lo que está más cerca. ¿Cabe alguna solución ante lo que es “incambiable” o queda fuera de nuestras posibilidades de respuesta?
La pregunta y la cuestión son apasionantes, porque de ello depende nuestro camino, nuestro andar, en los tiempos que corren.
Se dice que las horas que nos envuelven son de decadencia y sólo topamos con vaciedades. Prefiérese la mediocridad y lo más vulgar es lo que posee mayor fuerza y vigor. Parece que se buscan los niveles más bajos, quizá para no molestarse con exceso o, simplemente, por reacción o por miedo. La opción por lo más “barato”, en cualquier orden, lleva el éxito y nadie vacila en la elección. Es la presentación de lo decente y, tal vez, de lo posible: -me costó poco...
Pero una conducta que de tal modo, sin discernimiento muchas veces, tira hacia abajo tiene otras consecuencias: damos, de lo que tenemos, lo peor. Nadie se molesta en el bien mayor para el otro. Sólo vale lo que cuesta poco.
Son los aires de la acedia que hoy soplan con fuerza en el desierto. Esforzarse por hablar bien, por ofrecer lo bello, por buscar el contenido profundo de las cosas... Todo eso no vale la pena. La palabra suena envilecida y no puede transmitir su altura y su nobleza. El resentimiento turba el “decir” de los conversadores que acaban, carentes de fuerza, en charlatanería y nada más.
Nadie sospecha la escasa calidad de los habladores en su empeño de ser atendidos, de mostrarse y de “sonar”.
Nos hemos atrevido, siguiendo a grandes maestros, a recomendar la aceptación de lo inaceptable. “La paciencia todo lo alcanza”, decía la Madre Teresa. Pero así como es noble y elevada la “atención” en las cosas del espíritu, así es recomendable la “desatención” en lo que no es ni vale.
Oye, calla y ora. Recibe esa Luz (que nunca es avara) y déjate alumbrar por lo que es y lo que vale...
Y lo que vale, lo que es, se manifiesta en el silencio y en una trascendencia que el hombre está llamado a alcanzar.
El enemigo nos tienta siempre a convertir las piedras en pan. Lo que sí es clarísimo es que la piedra no puede ser engullida como... pan. Por eso no hay otra respuesta: lo que es, lo que cuenta, no son los caprichosos intermediarios o recursos del “ego”, sino “toda palabra que sale de la boca de Dios.”

Alberto E. Justo




miércoles, 12 de junio de 2013

¿perder o ganar?

¿Perder o ganar? Semejante alternativa nunca ha de ser la del peregrino en la vida espiritual. Por el contrario, los caminos son otros y  acabaremos por arribar, las más de las veces, a afirmar que quien pierde gana y quien gana pierde. A afirmarlo porque lo hemos experimentado así...
Pero es preciso detenerse en una consideración más profunda: nuestra vocación lleva a un horizonte de transfiguración y de resurrección que poco o nada tiene que ver con las opciones de este mundo.
Para SER hay que dejar de ser... Y dejar porque... “nos dejan”. No somos nosotros los que “dejamos” por elegir esto o aquello. El que ES nos eleva en sus propias alas y nos levanta hasta su Corazón... Ahora bien, esta “elevación” inaudita comporta un misterioso “descenso”, que nadie puede describir ni explicarse.
Es mejor dirigirse a Dios “directamente”... No hablar de Él (en tercera persona) sino hablarle a Él porque es Él quien primero y siempre nos habla. Y nos dice: ¡VEN! Y nos dice, y nos repite: -Ven a casa y deja lo que no nos pertenece... Tú, sígueme...
¡Tantas veces parece que... perdemos! Pero no perdemos nada, ganamos todo.
Dejemos, pues, imágenes “porfiadas” y antojos menudos. Siempre creemos que Él nos restaurará éste o aquél reino. Siempre detrás de figuras que no son tales...
En todo “abandono” el Señor nos repite: “hoy estarás conmigo en el Paraíso.”

Alberto E. Justo