viernes, 5 de julio de 2013

siempre nuevo en el corazón

Pasando la callada sombra de un sauce
Aguardábamos en la soledad perdida
Ese fruto siempre nuevo
Que nunca acabamos de alcanzar.

         Brisa suave, delicadeza,
Y nada, nada más…

         Dices: -quiero poseer esa brisa, quiero alcanzar…
Lo inalcanzable. Eso que pierdo, eso que me parece cercano…


         Te propongo esto… Vuelve, poco a poco, a tu corazón. Desde luego, inicialmente: calla. Con serenidad y paz huye de las consideraciones (de todas ellas) que, desde hace poco o desde hace mucho, te abruman o molestan. Déjalas de lado. Puedes decir dos cosas: o todas ellas te sirven para tu bien espiritual (incluidas las humillaciones y los fracasos) o de nada valen y no tienen peso alguno: no existen.
         Lo más probable es que tengan su sentido. Quizá enseñarte (con insistencia) a no temer. Tal vez, con mayor fuerza, a que compruebes que, a pesar de todas ellas, puedes y debes seguir tu camino. Lo que parece estrujar la libertad puede convertirse en el detonante de la conciencia para vencer a todos los enemigos de ella.
         Luego investiga acerca de un primer descenso, hacia adentro. Lo primero será valorar el don de Dios que eres tu mismo. Nada ni nadie te quita tu lugar en el Corazón del Señor. Si lo aceptas: te encuentras en Él. Así de simple.
         El Amor de Dios no se adquiere ni se compra. Has de aceptarlo. Vive estos instantes de meditación con suma sencillez. No es necesario que asistas a ninguna carrera, ni corrida, ni examen. Ni que acudas a recibir premios necios, ni que te veas rodeado de mirones impertinentes. Nadie te juzga, porque nadie puede juzgarte. Si alguien se entromete, déjalo pasar. Y nada más.
         Entonces: olvida. Porque lo más profundo no tiene figura para ti, sino silencio.
         Y pasa adelante. Acoge, descubre la sonrisa inefable entre la Madre y su Hijo, entre Jesús y María. Quédate allí (aquí) un instante. Alégrate… Piensa que nada ni nadie te aleja de esta maravilla, que es tu participación escondida en la soledad de tu ermita. En medio de tu santuario, en tu corazón.
         Haz silencio, no te agites ni procures cosa alguna… Déjate llevar por esa brisa que es amor inefable.
         Quizá algunos “pensamientos” acudan a perturbar precisamente en este momento. Pues nada, no te identifiques con ellos, sepárate… Entre  ellos hay aperturas, espacios, grietas… Vuélvete y pasa más allá y a través.  Sírvete de la puerta estrecha. Reposa…
         No aguardes esto o aquello. No te sorprendas de pensamientos nuevos, ni de situaciones o sucesos desagradables. No temas las tinieblas: allí está el Señor de camino. Silencia todas las voces impertinentes. Tú mismo puedes hacerlo en tu interior.
         Y abandónate.
         Firme en la Fe, no vaciles. ¿Qué o quién puede apartarnos del Amor de Dios?
         El Silencio en el corazón es densidad, es Presencia. Persevera y no temas.

         Alberto E. Justo




martes, 2 de julio de 2013

La morada verdadera está escondida

De nuevo en el bosque... ¿Por qué? ¿No hablamos también del Desierto y del Mar? Todas estas imágenes pueden convertirse. Quizá porque hay una sola que está más allá de todas y se asoma en múltiples manifestaciones, espejos lejanos de una realidad siempre mayor.
Ermita o claustro, cabaña o casa de castores... Hondura misteriosa que es, de algún modo, el “lugar”. En suma: montaña o estrella, todo indica y señala una suerte de “espacio” trascendente que es morada y que es profecía. Anuncio y presencia inmediata: sonoro y silencioso “YA”.
Vamos de camino y siempre llegamos. Es tan grande que no lo podemos diseñar. Pero en la “rosa que no tiene porque”, en el instante, ha brillado su luz. Esplendor que parece un relámpago que, al atravesar el cielo, nos abre el campo y el tesoro en él escondido...

         Alberto E. Justo


domingo, 30 de junio de 2013

permanece en tu morada: todo lo hallas allí

Nos hemos internado, en el bosque, más allá de todas las apariencias. Ante el ruido ensordecedor de la tarde, bañada de calor y de excesiva luz, de tensiones, de augurios y expectativas, logramos escapar más a lo hondo y descubrir el bosque amable y su silencio.

            Pero ¿quién se ha “internado” en el bosque? ¡Menuda cuestión! Porque no acabamos de asegurarnos que “ese” mundo ruidoso y clamoroso sea algo nuestro. Nada de ello nos pertenece y cada día nos descubrimos más lejos... Entonces: ¿quién se atreve a desafiar lo que no puede comprender?

            Entonces, entonces: CALLAR. ¿Qué es lo primero que encuentras en el bosque? Yo diría, así no más: Silencio. La pregunta se desliza entre árboles, pajarillos, flores, insectos viajeros, infinidad de plantas y signos admirables de vida... El bosque es una esplendorosa manifestación de vida. Pero es SILENCIO. Nada responde ni pretende responder a las inquisiciones habituales... Nada.

                  Venimos de “otro” (horrendo) nivel. Nuestras espaldas cargan terribles curiosidades e infinitas cuestiones. Nudos, nudos y más nudos. Que si esto, que si aquello. Bolsas de basura. ¡Hasta “reglamentos” que torturan nuestro cuerpo!

                  ¿Cómo llegamos al bosque? Pues caminábamos rápidamente, esquivando mil multitudes, temiendo caer aplastados por esos empujes sin razón ni dueño. Mujeres de cualquier perfil hablaban y hablaban en voz muy alta, profiriendo vocablos soeces. Prisas de todo tipo, quizá angustias veladas, dolorosas todas ellas... Hasta que cruzó un niño pequeño: miró y  sonrió... 

                  No es posible explicar... ¿Para qué? La trascendencia queda revelada en la pureza y en la sonrisa de un pequeño. Cuando la percibes, en verdad, no es necesario que vuelvas a preguntarte nada. La sonrisa... no pide nada, ni puede retribuirte nada. Allí está escondido el “camino del bosque.”

                  Ve, pues, simplemente ve y en silencio. Y despierta a las aspiraciones de tu corazón. ¡Magnífica pregunta asoma en el horizonte!

                  Tú vivirás las aspiraciones de tu corazón. Aquello eres tu mismo: el respiro del SOPLO y el deseo profundo sembrado en tu alma... Eres ese Rayo de Luz que brota del Corazón de Dios.

                  Y, sin embargo, todavía voy penando por esos caminos... ¿Qué ocurre? ¿Estoy tan lejos? ¿Sigo dando vueltas y vueltas sin aproximarme? Porque a veces creo errar tanto que no sé hacia dónde voy...,
         Pero, te acercas. Te acercas y llegas una y otra vez cuando sabes que sigues, cuando sabes que lloras, cuando –a pesar de todo- ni aquí ni allí te quedas...

                  ¿Todo es Misterio? ¿Por qué tanta fatiga? Calla, calla y no pienses ya. Deja esa razón tranquila en su casa y apacigua el ego y los pensamientos que te ahogan lejos de tu casa.


               Alberto E. Justo


vano es abusar de la palabra

Se percibe, a veces lejano, el eco de la tempestad. Pero también es frecuente, y muy frecuente, hallarse en medio o debajo de ella, padeciendo efectos que no son agradables.
En suma, los vecinos hablan demasiado y la palabra sin el ámbito del silencio produce hondas heridas y diversos males... Es el “signo” de la “hora”, de la terrible hora, que sacude su rigor cuando menos lo aguardamos.
“La palabra manoseada, sin el señorío del silencio y de la discreción.” Entonces como hoja afilada deja trazado su paso sangrante... o provoca la enfermedad o la muerte...
¡Cuánto gana el hombre callando! ¡Cuánto mal ahorra a próximos y extraños!
Términos y vocablos arrojados donde no se sabe y de cualquier manera. La palabra es el más noble de los signos que tiene el hombre, pero puede convertirse, envilecida, en el peor de todos.
Cuando oigas despropósitos o errores, cuando lleguen esas tristes risotadas que agitan el aire por todos lados: calla tú, serenamente, en la percepción de tus sentidos. Déjalos en vacación y en paz. Cuando atendemos demasiado gritamos y nos agitamos en la misma medida que escuchamos.
El ruido desacompasado no dice nada. Es pura vaciedad y molestia. Entonces: nada. Que el Señor conoce el corazón y está en las entrañas. Si el dolor quiere asaltarnos sepamos sumergirnos en la laguna de la paz, con la clara convicción de que no somos “eso” que tanto hiere...

Alberto E. Justo


martes, 25 de junio de 2013

"puerta estrecha": camino pequeño y escondido...

La “estrecha puerta” es la “pequeña” senda que no es fácil encontrar inmediatamente. Porque –lo sabemos muy bien- el “tesoro” está “escondido” en el campo...
El camino, en realidad, es pequeño y silencioso. No hace ruido para seducirnos. Al contrario, nos llama siempre, primero, a la soledad. Y la soledad es precisamente eso: secreto. ¡Ah, el secreto que sólo el Padre conoce en nuestra inefable profundidad!
No haya reparos ni desconsuelos. Arrepintámonos de nuestros errores y pecados y vayamos confiadamente. Ahora es el momento de atender, de escuchar, más allá y más adentro –íntimamente- la delicadísima voz que nos despierta.
Permanezcamos en la Fuente, en nuestro Origen y Nacimiento. Nada ni nadie nos puede apartar... Y como nunca se está menos solo que cuando se está solo, aceptemos con gozo el llamado de Dios.

Alberto E. Justo


lunes, 24 de junio de 2013

vive de la Presencia de Dios

Es hora de atender... Quisiéramos ubicarnos donde más nos corresponda, hallar, en suma, aquel centro, que todo explica y a todo da sentido.
         Es entonces cuando nos damos acabada cuenta de que a cada momento hemos de retornar a casa. Sí, a casa, a nuestra casa; que es lo mismo que decir: a casa de nuestro Padre. Nada hay tan nuestro, nada tan familiar, nada tan invitante, nada que nos regale mayor consuelo...
         Sabemos que nuestros pasos nos conducen rápidamente, en la misma medida de nuestro querer y deseo. Porque la invitación está abierta, las fuerzas también a nuestra disposición. Descubriremos enseguida el camino: nunca es lejos.
         Siéntate aquí no más. No te arrojes. Quédate derecho... Y calla. Eso mismo, viajas sin decir palabra. Es porque has de escuchar mucho tal vez. Pero, ahora, calla simplemente.
         Respira hondo y goza del silencio que se te brinda y que asciende desde tu interior. No es una... ausencia. Al contrario. El silencio que llevas y que se te dio un día es plenitud.
         No dejes que nada, ni nadie te perturbe. Intenta, una y otra vez, callar voces y fantasmas. Pero tampoco te quedes en ello. Avanza como sumergiéndote en donde no sabes. Ahora, escucha. Ese silencio, que parece vacío y nada, es, de alguna manera, ocasión y lugar. Es pleno. El Señor te ha llevado al desierto para hablar a tu corazón.

        
         Preguntarás: ¿qué hacer ante esas interrupciones o agresiones del mundo que, al acecho, aguardan el momento preciso para cortar tu oración?
Pues nada. Lo mismo que haces cuando se desencadenan las tempestades, cuando golpean las tentaciones o cuando la impertinencia o el desorden se manifiestan aquí o allí. Esas apariciones no pueden quitarte ni el silencio ni la paz, porque ese silencio y esa paz son de Cristo-Jesús y nada ni nadie puede apartarnos del Amor de Dios revelado en Jesucristo.

         Prosigue y abre tu corazón. Permanece, permanece. Vela, con Él, una hora. Es decir, siempre.
         El camino es silencio. No consideres que, por ello, sigues a tientas. Continúa. Simplemente.
         Si eres perseverante, a pesar de las dificultades o de los detenimientos, comprobarás en tu corazón la hondura del silencio. Recuerda, de “un” silencio que ha ascendido desde donde no puedes enterarte bien, pero del cual ya tienes suficiente noticia.
         Has descubierto la paz en la confianza de que allí, en ese instante, ya no eres tú quien obra, sino Aquél a quien has abierto las puertas del corazón.
         Silencio y Presencia. Una sola realidad para ti ahora. No puedes prescindir de la Presencia. Estás en ella. Ahora, esta Presencia inefable, causa y garantiza el silencio y lo sostiene como su lenguaje para ti.
         Ya no dudes. Él está aquí... No es necesario esforzarse, ni embarcarse en otro camino que no sea la simplicidad o la conciencia de la inmediatez, que no se define.
         Goza pues de la Presencia... Ya dirás, con los santos, no digo nada, lo amo...

         Pero permanece, sin duda, el interrogante acerca de “quién soy.” ¿Por qué no? Esta pregunta requiere atención para lograr subrayar lo que habitualmente soslayamos. Es curioso, pero es así.

         Algunos desean ardientemente el “anonimato”, otros procuran dejar un sello indeleble en las jornadas de la historia que pasan y pasan...

         Pero no está allí esa “identidad” profunda, ese “nombre” que todos queremos rescatar de la sombra y del olvido.

            Alberto E. Justo

sábado, 22 de junio de 2013

vivamos lo que no vemos

No intentes repetir ni copiar... Simplemente siguiendo el camino abraza lo que no entiendes y lo que no puedes abarcar.
Y, más hondo todavía, acepta el Misterio de Cristo en tu corazón. Acepta esa “realidad” que es tuya. Jamás se tratará de adoptar un “método” lejano o un “estilo” de vida. El Misterio de Cristo es “nuestra” misma vida. Sin más, sin consideraciones ni laberintos de ninguna especie.
“No te maravilles de que te he dicho: Es preciso nacer de arriba. El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va; así es todo nacido del Espíritu.” (Jn. 3, 7-8).
Si nacemos de lo alto comenzamos a vivir lo que no vemos. Este “oír el viento” es vida verdadera, como la Gracia es incoación de la Gloria.

Alberto E. Justo