domingo, 9 de junio de 2013

de nuevo: la lucha interior

La lucha interior se vierte en toda la historia y en cada fragmento de la vida. Es tal su magnitud y su proyección... Nadie sabe de ella, ni aún el que la padece. Sólo experimenta el dolor sin medida. Estas son las gestas que todo construyen y sostienen por la Gracia de Dios. Desde esas inconmensurables honduras el Señor contempla y continúa su obra. Nada puede decir el que la lleva en el corazón. Nada, absolutamente nada.

      Se reúnen los hombres de una parte y de otra. Dictan sus leyes, someten o son sometidos por otros que vienen de distinto lugar. ¡Vaya a saber! ¿Quién sabe por qué? Los periódicos relatan, día a día, millones de cosas, sucesos, aventuras, calamidades. Ahora bien, a pesar del empecinamiento de la historiografía sabemos que la historia verdadera es otra. Que son los inmensos valles del alma, sus montañas, llanuras y espacios sin fronteras, los lugares donde el drama de la vida se despliega en verdad.

Alberto E. Justo


Dios está aquí

Escribir  a   pesar   de  todo, más allá de cualquier debilidad… Más allá y más aquí. Con el gozo del sentido del absoluto de Dios. Sólo Dios en Dios. Sólo Él en Él. Tu mismo, Señor, que nada más que Tú.
         ¿No sería más que interesante oportuno señalar ahora un nuevo despertar en la oración? ¿Qué digo? No lo sé muy bien, pero esto de nuevo despertar tiene un admirable sentido y despierta un eco nuevo también en el corazón.
         ¿Has pensado, alguna vez, en la simple acogida, en la más simple apertura a la Presencia de Dios, sin más y sin otra cosa que considerar que ella sola?
         Pues bien, imita a los santos y a la experiencia de las almas más privilegiadas… Sí, sin reparos y sin rubor: no hay hecho ni carisma en la vida de la Iglesia que no esté al servicio de la santidad.
         Al atardecer, o –simplemente- a la noche, abre o cierra la ventana de tu habitación… O la puerta, o lo que sea. Deja un libro en su lugar, cierra un armario… Cualquier actividad pequeña, lo que sea.
         Y luego, vuélvete. Dobla tu cabeza hacia la parte más oscura de la estancia e imagina que el Señor está allí mismo… Porque aunque no sientas nada Él está allí, porque está en tu corazón especialmente y en todas partes. Y ten paz, y silencia todo, y no temas.
         Es Él mismo, porque Él Es. No hay duda: no puedes apartarte ni escapar ni esconderte porque te sabes desnudo. Él vendrá –siempre- a llamarte y a preguntarte. -¿Dónde estás?
         Y te llamará una y otra vez… Y tu dirás: - Señor, no, aún no he rezado lo que es de mi obligación, me falta ayunar, hace varios días que no medito, estoy con los nervios a flor de piel…
         Y Él, sin duda, insistirá: -¿Dónde estás?
         Y tu, de nuevo, tendrás miedo porque no sabes desde dónde oyes que te llama…
         ¿Cómo decirlo? No sabría en este momento, ni en ningún otro, traducir lo que realmente pasa. Porque todo es SILENCIO, sí, silencio pleno que se explica a sí mismo.
         ¿Dónde estás? ¿Dónde has ido a esconderte? Hay mil cosas que te ocultan… Estás detrás de reparos, de proyectos, de instituciones, de modos; eso, eso, sobre todo de modos y de maneras. Y te empeñas en multiplicar las ilusiones de métodos inalcanzables para refugiarte mejor, para rechazar mejor, una Presencia tan simple e inmediata.
         ¿Es posible, aun hoy, reposar en la inmediatez y en la confianza? Porque tantos reparos y métodos cantan bien claro que no tienes confianza ni abandono en Dios. Te separas de Él por las modalidades…, lo alejas –una y otra vez- porque interpones ese “yo” travieso que no calla y se planta entre Él y tu y hace dos donde sólo ha de ser Uno.
         Pero todo el secreto es que, de una vez por todas, te animes a plantear la verdad: NO CONFIAS. No confías en el “modo” de Dios sino en tus maneras. No hay verdadero abandono ni desprendimiento alguno de todos esos métodos que se desencadenan, como un pesado alud, desde el fondo de un pasado que es puro ocaso y nada más.
         Por tanto, vuélvete, calla, hacia lo más oscuro de tu estancia. Calla y trata de escuchar…

             Alberto E. Justo


miércoles, 5 de junio de 2013

Dios sigue llamando a nuestra puerta

Sí, a pesar de no ser dignos. A pesar de no sentirnos dignos... A pesar de no sabernos dignos... Viene Dios a nosotros a buscarnos, a levantarnos, a abrir su Corazón como morada permanente y como vida...
Es que nuestra debilidad es ocasión y oportunidad, donde se manifiesta y se revela el Abismo de su amor y de su gloria. Porque la misericordia divina es revelación misteriosa de su Gloria.

Alberto E. Justo


Dios "crea" en la oración

Basta un instante para alcanzar el “lugar” deseado. Quizá en el momento no parezca así. Queda mucha huella y peso de lo que pasaba en el camino, mucha fatiga y no pocas dudas...
Pero ¡vuélvete en un instante y persevera a pesar de las impresiones que no dejan despejar el alma! Insiste, sin más. Alcanzarás la altura deseada en la misma medida en que sigas, confíes y no te dejes abrumar  por nada.
Los enemigos del alma no quieren que abras los ojos y veas la realidad.
Es posible orar a cada instante y es posible que la oración tenga mil maneras. No estás llamado a repetir esto o aquello: el Señor llama, sí, es verdad, pero te llama a ti. No se trata de “modos” generales, ni de abstracciones, ni de métodos.
Dios viene al corazón y es directo: en el secreto de cada uno. Dios “crea” cada vez... ¿Le negaremos “originalidad”?

Alberto E. Justo


sábado, 1 de junio de 2013

¿el pasado... pasó?

Nada pierdes de “tu” pasado si has sabido guardarlo en el Corazón de Cristo... No podemos sospechar la proyección infinita de nuestra vida hecha Una en el Corazón del Señor.
Todo lo que ayer soñábamos, todo lo que ha latido con la moción de su Gracia, nuestros caminos, nuestra peregrinación –a veces increíble- acaba transfigurándose y realizándose (como no lo imaginamos) en Dios.
Dejemos brillar el Misterio acogiendo el regalo divino... El silencio y la admiración abren lo que parecía olvidado o sin sentido...


Alberto E. Justo

viernes, 31 de mayo de 2013

Silencio y "posada" de Dios

No, no quiero atender esas voces rasgadas que claman por correr para allí o por venir hacia acá o hacia no sé dónde. Por allí se desatan esas agresiones vanas, esas sentencias de escaso o ningún valor, que asaltan las horas mejores y pretenden apartarnos de la senda verdadera y constante de la interioridad y del silencio.
Es necesario tener conciencia de cuán lejos estamos del griterío circundante aunque parezca que está ahí no más.
Más allá del bosque por donde vamos... Sí más allá del bosque gritan los diablos... ¡Qué barullo! Pero nos damos cuenta de que no están en el bosque, ni pueden acercarse a nuestro jardín... ¡Por eso gritan tanto! Para que los imaginemos cercanos. Pero están muy, muy lejos. Así son las “amenazas”,  parecen próximas pero nunca llegan...
Deja que el horizonte en el corazón se expanda. Deja que el Cielo en el corazón se abra y la mirada se eleve, llevándote por sobre todo y más allá.

Alberto E. Justo




Camino directo: modo de vida

El “camino directo” es un gran hallazgo en la vida nuestra, en nuestra peregrinación. Porque hay tantos detenimientos e ilusiones que corremos el riesgo de quedar atrapados en cualquier esquina, tal vez suponiendo que por allí va la senda “segura”. Pero no es así.
El “camino directo” comporta un respiro que no acaba, como nos acontece cada día cuando no podemos suprimir el aire que penetra en nuestros pulmones y actualiza, a cada instante, nuestro vivir (por decirlo así).
La “vida verdadera” está “por encima” y más alta que todas las ilusiones y que todos los intermediarios que tanto dificultan nuestro andar...
Si quieres acertar ve directamente aunque la soledad te atemorice un poco. Y es que no importan esas pequeñas vacilaciones de nuestra “debilidad”. Ellas, en cambio, nos enriquecen y nos estimulan a ese “paso más allá”, a la trascendencia, que es la verdadera liberación.
Ve, pues, directamente a Dios, con total confianza, más allá de esas “condiciones” o “dudas” que suenan por ahí.
Que nuestra plegaria no sea mezquina. Nada más...

Alberto E. Justo